IZNÁJAR (CÓRDOBA)


Desde hace años Juan Ropero interpreta a Jesús en la representación de la Pasión, llamada El Paso, que se celebra en Iznájar con motivo de la Semana Santa. Actúa tan a lo vivo que empieza a ser conocido como El Cristo, y de los pueblos vecinos acuden para verlo. En esta Semana Santa tan especial salen personajes con caretas, entre los que sobresale el que lleva una especie de penacho de flores, llamado El Mal Ladrón. Aquí la gente es muy religiosa pero, a pesar de la belleza de su enclave, curiosamente Iznájar se ha hecho famoso en la provincia por ser el pueblo de los suicidas. Demasiados casos para que sean casualidades.

A través de curvas y más curvas entre campos de olivos, con un fondo siempre de montañas, se accede a esta localidad. En primer término hay una urbanización que desentona del conjunto. El partido de Iznájar es grandísimo y está lleno de caseríos. Su antiguo propietario, el conde de la Revilla, vendió o donó las tierras a los aparceros, y por eso no existen terratenientes y la riqueza está muy repartida. Todo el mundo posee su terrenito con olivos que, al estar en cuesta y aireados, dan muy buena aceituna, dicen que es la mejor de Córdoba.

Desde lo alto de la montaña, en el lugar conocido como Las Cabreras, se contempla una espléndida vista de tres provincias: Málaga, Córdoba y Granada. Estas tierras al atardecer toman un fuerte color rojo que contrasta con el verde de los olivos, cuya aceituna se recoge de enero en adelante. Desde Las Cabreras o desde Los Chinarrales se divisan también buenas panorámicas.

El vocablo Iznájar, no hace falta casi decirlo, es de ascendencia árabe y proviene de Hins-Ashar, que significa "castillo alegre", fortaleza relacionada con el surgimiento de la localidad. Aunque algunos investigadores han querido identificarla con poblaciones romanas, lo más seguro es que la peña fuera poblada por los árabes. Sin embargo, por los alrededores hay cuevas que hablan de antiguos asentamientos. La llamada Pedriza del Tesoro es con seguridad una construcción megalítica.

Desde el castillo y la iglesia se desciende por la empinada calle Real hasta la ermita de la Virgen de la Piedad, mientras de las paredes cuelgan pimientos rojos secándose al sol.